
La muerte no existe
Poemario
© Ariatna Gamez
Pienso en otra palabra: grado. Del latín gradus: paso, peldaño, escalón. La escalera que Ariatna Gamez Soto camina es amplia. En un mismo ecosistema pone a jugar a Wong Kar Wai, Tamara de Lempicka y Valentin Elizalde. Ariatna camina de arriba hacia abajo, malabareando sus referencias: el cine, el arte contemporáneo, la música y la lenta agonía del cuerpo. Su renuncia por las estéticas institucionalizadas es un gozo.
Muerte es otra expresión que se suma a la lista. Si algo sabemos de la poesía es que no clausura, no termina, no muere. Es, como el deseo, díscola (María Negroni). Por eso, al leer a Ariatna, hay poemas en los que la muerte es una pecera, pero otras veces se muestra como un kanji infinito, o un letrero de Ben Vautier que anuncia su imposibilidad. La muerte como un estado de la experiencia que se cifra en la mirada curiosa, en el asombro cotidiano, en las ruinas que posan en los museos.

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